Los testimonios de los que han sido bendecidos por ser diezmadores fieles en esencia no varían, sólo las circunstancias. Todos destacan la nueva vida que resultó de la práctica de entregar el diezmo. Vale la pena conocer lo que le sucedió a Sebastián, en otro tiempo incrédulo, casado con una joven creyente. A Sebastián le gustaba emborracharse en la cantina. Vivía abrazado al violín y a la botella de vino, poco interesado en el trabajo y en la familia. Al nacer de nuevo se transformó. Todo cambió. Se volvió diezmador y comenzó a testificar de Cristo a sus compañeros de trabajo, a sus amigos y a sus vecinos. Dios lo bendijo. En primer lugar lo sacó de los barrrios miserables de la ciudad de Ademar, antros de marginados y delincuentes, y lo revistió de dignidad. Dios le dio trabajo en la compañía Mercedes-Benz, una casa modesta pero cómoda, hijos buenos que son estudiantes aplicados y creyentes piadosos; futuras columnas de la Iglesia y de la comunidad. Hace años Sebastián fue al culto una noche. Estacionó su viejo auto frente a la Iglesia. Al salir se llevó una sorpresa: se lo habían robado. Sebastián no murmuró. "El Señor dio, el Señor quitó, bendito sea el nombre del Señor. No quedé más pobre por haber perdido el auto. El ladrón sí; él se volvió más pobre porque robó un auto del Señor. Dios me dará otro cuando convenga", fueron las palabras de Sebastián. Todo el que caminó en aquellos días por las calles de Inaiatuba vio a un ciudadano delgado, de porte tranquilo y alegre, pedaleando una biciclea. "Cuando sea el momento", decía Sebastián, "Dios me dará otro auto", él estaba siendo probado. Pedaleó su buen testimonio de Cristo durante dieciocho meses. Entonces Dios le dio un auto mucho mejor que el anterior. "Fue el mejor sermón que he oído", comentó su Pastor al oír la historia. Mientras escribo estas líneas, recibo la noticia de que Sebastián sufrió un segundo infarto en diez días. Está reposando en su casa. Apenas tiene cincuenta años. El director de la compañía Mercedes-Benz supo que su eficiente operario estaba enfermo y fue a visitarlo. Sebastián enmudeció de emoción. Quienes lo visitan dan testimonio de que él alaba al Señor y habla de Cristo. ¿Qué quiere su Señor de él ahora? Hace más de veinte años entregó su vida a Cristo, entrega simbolizada en el diezmo y confirmada en una vida íntegra. ¿Será que Dios quiere promoverlo ya tan pronto y coronarlo de honra y gloria celestiales? Tal vez. ¿Será que Dios quiere que oremos por él para que su testimonio piadoso y eficaz prosiga por muchos años más? Ciertamente. Y es lo que hacemos. Pero sea cual fuere la última voluntad del Señor Soberano, Sebastián está feliz, tranquilo. Es buen soldado de Cristo; hoy militante, mañana triunfante.
El suegro de Sebastián, Octaviano Pereira dos Santos, mejor conocido por "Yoyo", testifica sobre lo que el Señor hizo en su vida. Durante más de veinte años Yoyo mantuvo una taberna de mala fama al frente de su casa. Él empujaba a su hijo mayor al mostrador de la cantina para atender a la "ilustre" clientela de borrachos. La cabellera cerspa del muchacho apenas llegaba a la altura del mostrador. A veces las hermanas menores también eran obligadas por el padre a servir en la taberna. El niño Gilberto creció tras el mostrador. La madre, una creyente fiel, doña Teresita, sólo tenía como recurso orar por el marido y los hijos. El sueño de aquella mujer era que el marido, un hombre violento y obstinado, se convirtiera a Cristo y se deshiciera de aquella taberna. Que no criara hijos en medio de hombres borrachos, aprendiendo toda clase de iniquidades. "¡No sigas con la cantina, hombre!", clamaba la hermana Teresa. "¡No puedo, mujer!", respondía él, "es nuestra vaca que da leche para nuestros hijos". Acompañé por más de veinte años a la hermana Teresa en su lucha para "matar aquella vaca" que no daba leche alguna, sino licor y desgracias. La santa mujer quería ver a toda la familia a los pies de Cristo. Algunos hijos se volvieron creyentes maravillosos, cada uno con sus dones. Una de las hijas canta como un ángel. Estos esperan que Dios haga la obra en los demás. Un día al sevir la bebida a un viejo vicioso, torpe y trémulo, con aspecto de difunto, Yoyo sintió una extraña punzada en la conciencia. Allí mismo, en aquel instante, tomó una decisión radical: "Nunca más voy a vender licor, voy a deshacerme de esta taberna. Desde hoy quiero ser un creyente en Cristo". El Espíritu obró. Hizo la obra en la vida de Octaviano. Se convirtió en un hombre nuevo. Da gusto verlo. También el hijo que creció tras del mostrador se convirtió a Cristo, ahora es un Diácono consagrado. ¿Qué le sucedió a Octaviano que portaba una pistola calibre 32 en la cintura y recorría el barrio en la oscuridad de la noche en busca de los que le quitaban el sueño? Dejó de ser el valiente que podía inmovilizar al delincuente del doble de su tamaño con uñas y dientes, hasta que llegara la policía para llevarse al maleante a la cárcel. Octaviano es hoy un creyente regenerado. Su diezmo fiel lo acompaña y corrobora su testimonio. Los miembros de su familia que se han convertido esperan en oración la conversión de algunos que todavía resisten la obra del Espíritu Santo.
Genésio es otro caso. El que lo ve en la Iglesia el domingo , con pantalón de casemir y camisa blanca, corbata italiana y zapatos de piel, cree estar ante un doctor. Sólo cuando se estrecha su mano encallecida se da uno cuenta de que se trata de un obrero endurecido por el trabajo pesado. Es maestro de construcción. Tiene varios empleados. Es un hombre progresista, creyente fiel y diezmador celoso. Sin embargo, las cosas no siempre fueron así. Hubo una época en que el albañil, hijo de creyentes piadosos, era dado a la borrachera, al cigarro, al empleo de un lenguaje vulgar y a profanar el día del Señor. De eso hace unos quince años. Trabajaba duramente sin respetar el día de descanso. Nunca tomaba vacaciones. Y el dinero siempre escaseaba; los gastos eran más que los ingresos. Le faltaba la bendición del Señor. Una vez una hermana de la Iglesia lo contrató para hacer unos arreglos en su casa. Al ponerse de acuerdo en el costo, los plazos y las demás condiciones, Genésio de inmediato se puso a trabajar casi al caer la tarde. Arrancó la taza del baño, la pila, bloqueó la caja de agua, todo en un instante. Pormetió que al día siguiente volvería para continuar con los trabajos y dejarlo todo en condiciones para usarse. Pero la pobre hermana tuvo que esperar varios días, sin que la familia pudiera usar el único baño de la casa. Un airado cliente obligó al albañil desorganizado, con amenazas, a terminar el trabajo. No obstante, Dios estuvo todo el tiempo empeñado en convertir y santificar al albañil problemático, y hoy es un mayordomo responsable de los bienes que Dios le confió. Es un diezmador fiel y ayuda a construir templos evangéilicos a precios módicos. Ya no trabaja en el día del Señor, por ningún precio. Los ricos lo buscan y le suplican: "Oh Genésio, venga conmigo, necesito que me haga un trabajo urgente. Le pago lo que usted quiera. Sólo usted es bueno para estas cosas". El discípulo renacido de Cristo es fiel a su Señor. No quebranta el mandamiento. Contribuye generosamente. El albañil de Dios testifica con su vida y con sus palabras. Dios le dio el don de enseñar, aunque tiene una educación muy elemental.
Visión de la gloria de Dios
Dios da a sus siervos que son diezmadores fieles una nueva visión gloriosa de Su Obra pero los que contribuyen con migajas tienen una visión distorsionada. Este tal vez se afilie a una Iglesia que no comtempla la gloria de Dios, ni está interesada en la sana doctrina, en la práctica de la piedad y en el crecimiento en Cristo. Observe al creyente convertido. Él es un diezmador que desea saber lo que la Iglesia va a hacer son su diezmo. Su contribución es un sacrificio, es el sudor de su frente (si no fuera así, no sería aceptada por Dios). Muchas cosas que deleitan a la carne se despreciaron cuando se entregó el diezmo a la Iglesia. ¿Qué se hará con ese dinero? ¿Acaso la Iglesia va a imprimir y distribuir literatura herética, marxista, izquierdista, humanista? ¿Va a patrocinar a la "teología de la liberación", a un "evangelio social", o a un llamado ecumenismo? El discípulo de Cristo que ha nacido de nuevo no se siente bien en una Iglesia formalista, farisaica, que tiene muchas palabras en la boca y ningún amor en el corazón. El diezmo son los lentes a través de los cuales el creyente ve con mayor claridad La Obra gloriosa de Dios entre los hombres.
Pastor Oswaldo Ramos
sábado 18 de julio de 2009
No el toque de Midas, sino el toque de Amor
Según la fábula, para desgracia de él, todo cuanto el avaro rey Midas tocaba se transformaba en oro. La Palabra de Dios promete bendiciones maravillosas para los creyentes que son generosos en sus contribuciones:
"Desde que comenzaron a traer las ofrendas a la casa de Yahweh, hemos comido y nos hemos saciado, y nos ha sobrado mucho, porque Yahweh ha bendecido a su pueblo; y ha quedado esta abundancia de provisiones" (2ª Crónicas 31:10).
"El que siembra escasamente, tembién segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará... porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra... para que estéis anriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios" (2ª Corintios 9:6-11).
Conviene oír también lo que el Señor Jesús dice respecto a dar: "Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir" (Lucas 6:38).
Algunos testimonios:
Menciono algunos ejemplos de mayordomía bendecida, corriendo el riesgo de herir la modestia de tales hermanos.
Miguel Rodríguez Lozano una persona pobre materialmente. Ejerció varios oficios humildes. Aprendió a trabajar como electricista, y en esta profesión entró a trabajar en el metro de Sâo Paulo. Al convertirse, se hizo diezmador. Ganando modestamente la vida no siempre fue color de rosa para él. La esposa, doña Eunice, cosía para ayudar en los gastos de la casa. Los dos hijos, Ciro y Eduardo, también trabajaban para ayudar con algún dinero. Hoy, al momento de escribir estas líneas, el hermano Miguel da gracias a Dios porque su hijo Ciro, con sólo veintiún años, es ingeniero graduado en el Politécnico de Sâo Paulo y un funcionario muy estimado dentro de una importante compañía. Eduardo se hizo periodista y trabaja en una agencia de publicidad. Dos jóvenes creyentes fieles, ambos diezmadores. Ciro es un creyente dedicado, le gusta predicar. Eduardo se dedica a la música y tiene varios dones. El padre, como simple obrero ganaba muy poco al día pero jamás los acreedores tuvieron que llamar a su puerta. Se realizan milagros en un hogar donde se diezma con fidelidad.
Ahora quiero hablarle de Givaldo Pereira dos Santos. Tiene algo más de veinte años. Es soltero. Ha sido creyente desde los diez años de edad. Él hizo un trato con Dios: Entregaría el diezmo fielmente y trataría de dar un buen testimonio de Cristo. Al llegar al trabajo (es fabricante de camisas) el día de pago, el joven separa el diezmo y se lo manda al tesorero de la Iglesia, sin importarle qué día es. Él no quiere que el diezmo pase la noche en su casa. Givaldo es mulato. Vive en un país donde muchos juzgan a la persona por el color de la piel. Pero Dios juzga a Givaldo por la actitud de su corazón. Es un joven regenerado. Estable en el empleo, apreciado por el patrón y sus colegas, trabaja en la Igleisa con amor, en el Ministerio de la música. Es Diácono. Recibe bendiciones y es una bendición para todos.
Hace unos treinta años, Célio Rodrígues de Almeida era un humilde funcionario de una oficina de inspección. Tenía dificultad para mantener a su familia. Un día, mientras tomaba una taza de café, Míriam le dijo: "Mi amor, ahora estás tomando café, pero para esta noche sólo tendremos sopa. Es lo único que nos queda." Célio besó a su esposa y salió rumbo al trabajo. Pero primero pasaría por la casa del Reverendo Mizuki, Pastor de la Iglesia de la Calle de las Rosas, Villa Mariana, de la cual Célio era miembro. En el bolsillo, un pequeño paquete lo inquietaba: era el diezmo que entragaría al Pastor. Al dar el diezmo casi no le quedaría nada. ¿Sería mejor "dejarlo para otro día? ¿Qué sucedería si retenía el diezmo del Señor? ¿Y qué si al entregar el diezmo se quedaba sin dinero para el autobús? ¿Qué haría cuando sus hijos le dijeran que tenían hambre? Tal vez pediría algo prestado. Así iba pensando Célio. Esos pensamientos le inquietaban. Llegó a la casa pastoral. Tocó el timbre. El propio Pastor salió a atenderlo. Al recibir el sobre de aquel hombre de apenas unos veinte años, el Pastor se sintió constreñido. Él conocía las dificultades económicas por las que atravesaba. El Pastor buscó cómo devolverle el sobre inventando algunas excusas. Trató de disimular la compasión. Célio insistió. El Ministro acabó aceptando el sobre con el diezmo y elevando una oración por el joven. Durante el día, Célio trabajó lleno de preocupación. A mediodía casi no tuvo apetito. Fue y comió algo liviano. ¿Qué iba a pasar en la noche al llegar a la casa? pensaba. Necesitaba ejercitar su fe. Por la noche, al llegar a casa vio luz en la cocina. Entró silenciosamente y no podía creer lo que veía. Allí estaba su esposa Míriam con bolsas de frijol, arroz, azúcar, pastas, trigo, latas de aceite, margarina, leche en polvo y otros alimentos. Hasta hoy, él no sabe quién lo envió. Mejor dicho, sí sabe: ¡Fue Dios! El Dios siempre fiel. Célio nunca dejó de ser diezmador. A veces, por serios apuros, le asaltan tentaciones tremendas para dejar la práctica del diezmo. Surgen dudas. Temores. ¡Cuántas veces él ha pensado que el desastre es inevitable! No obstante nunca ha retenido el diezmo del Señor. Hoy, Célio es un importane industrial en Sâo Paulo, dueño de una empresa telefónica que prospera a pasos agigantados. Entrega los diezmos exactos a Dios. Emplea a miles de personas. Paga impuestos enormes al gobierno. Por todas partes a donde va (Estados Unidos, Japón, Australia, Europa) este hombre cristiano testifica de la obra que Dios realizó en su vida. Es presidente de una asociación cristiana de hombres de negocios, cuyo objetivo es testificar de Cristo a empresarios no creyentes.
Con frecuencia tengo la oportunidad de hablar sobre el diezmo en las Iglesias. Gran cantidad de hermanos se levantan para testificar de lo que Dios hizo cuando comenzaron a diezmar con fidelidad. "Yo no era diezmador y mi vida era difícil" declara un hermano. "Entonces me hice el propósito, delante del Señor, de entregar fielmente mi diezmo a Dios. Y los milagros de la Divina Providencia comenzaron a suceder." "Antes de convertirme en un diezmador", dice otro hermano, "mi vida era un caos con respecto al dinero. Mi familia no tenía paz. Mi hija no era creyente, ni quería saber nada del Evangelio. Después de hacerme diezmador, nunca más faltó lo esencial. Vivimos modestamente, pero no falta nada. ¡Alabado sea Dios! y mi hija se convirtió y es una diezmadora fiel."
Pastor Oswaldo Ramos
"Desde que comenzaron a traer las ofrendas a la casa de Yahweh, hemos comido y nos hemos saciado, y nos ha sobrado mucho, porque Yahweh ha bendecido a su pueblo; y ha quedado esta abundancia de provisiones" (2ª Crónicas 31:10).
"El que siembra escasamente, tembién segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará... porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra... para que estéis anriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios" (2ª Corintios 9:6-11).
Conviene oír también lo que el Señor Jesús dice respecto a dar: "Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir" (Lucas 6:38).
Algunos testimonios:
Menciono algunos ejemplos de mayordomía bendecida, corriendo el riesgo de herir la modestia de tales hermanos.
Miguel Rodríguez Lozano una persona pobre materialmente. Ejerció varios oficios humildes. Aprendió a trabajar como electricista, y en esta profesión entró a trabajar en el metro de Sâo Paulo. Al convertirse, se hizo diezmador. Ganando modestamente la vida no siempre fue color de rosa para él. La esposa, doña Eunice, cosía para ayudar en los gastos de la casa. Los dos hijos, Ciro y Eduardo, también trabajaban para ayudar con algún dinero. Hoy, al momento de escribir estas líneas, el hermano Miguel da gracias a Dios porque su hijo Ciro, con sólo veintiún años, es ingeniero graduado en el Politécnico de Sâo Paulo y un funcionario muy estimado dentro de una importante compañía. Eduardo se hizo periodista y trabaja en una agencia de publicidad. Dos jóvenes creyentes fieles, ambos diezmadores. Ciro es un creyente dedicado, le gusta predicar. Eduardo se dedica a la música y tiene varios dones. El padre, como simple obrero ganaba muy poco al día pero jamás los acreedores tuvieron que llamar a su puerta. Se realizan milagros en un hogar donde se diezma con fidelidad.
Ahora quiero hablarle de Givaldo Pereira dos Santos. Tiene algo más de veinte años. Es soltero. Ha sido creyente desde los diez años de edad. Él hizo un trato con Dios: Entregaría el diezmo fielmente y trataría de dar un buen testimonio de Cristo. Al llegar al trabajo (es fabricante de camisas) el día de pago, el joven separa el diezmo y se lo manda al tesorero de la Iglesia, sin importarle qué día es. Él no quiere que el diezmo pase la noche en su casa. Givaldo es mulato. Vive en un país donde muchos juzgan a la persona por el color de la piel. Pero Dios juzga a Givaldo por la actitud de su corazón. Es un joven regenerado. Estable en el empleo, apreciado por el patrón y sus colegas, trabaja en la Igleisa con amor, en el Ministerio de la música. Es Diácono. Recibe bendiciones y es una bendición para todos.
Hace unos treinta años, Célio Rodrígues de Almeida era un humilde funcionario de una oficina de inspección. Tenía dificultad para mantener a su familia. Un día, mientras tomaba una taza de café, Míriam le dijo: "Mi amor, ahora estás tomando café, pero para esta noche sólo tendremos sopa. Es lo único que nos queda." Célio besó a su esposa y salió rumbo al trabajo. Pero primero pasaría por la casa del Reverendo Mizuki, Pastor de la Iglesia de la Calle de las Rosas, Villa Mariana, de la cual Célio era miembro. En el bolsillo, un pequeño paquete lo inquietaba: era el diezmo que entragaría al Pastor. Al dar el diezmo casi no le quedaría nada. ¿Sería mejor "dejarlo para otro día? ¿Qué sucedería si retenía el diezmo del Señor? ¿Y qué si al entregar el diezmo se quedaba sin dinero para el autobús? ¿Qué haría cuando sus hijos le dijeran que tenían hambre? Tal vez pediría algo prestado. Así iba pensando Célio. Esos pensamientos le inquietaban. Llegó a la casa pastoral. Tocó el timbre. El propio Pastor salió a atenderlo. Al recibir el sobre de aquel hombre de apenas unos veinte años, el Pastor se sintió constreñido. Él conocía las dificultades económicas por las que atravesaba. El Pastor buscó cómo devolverle el sobre inventando algunas excusas. Trató de disimular la compasión. Célio insistió. El Ministro acabó aceptando el sobre con el diezmo y elevando una oración por el joven. Durante el día, Célio trabajó lleno de preocupación. A mediodía casi no tuvo apetito. Fue y comió algo liviano. ¿Qué iba a pasar en la noche al llegar a la casa? pensaba. Necesitaba ejercitar su fe. Por la noche, al llegar a casa vio luz en la cocina. Entró silenciosamente y no podía creer lo que veía. Allí estaba su esposa Míriam con bolsas de frijol, arroz, azúcar, pastas, trigo, latas de aceite, margarina, leche en polvo y otros alimentos. Hasta hoy, él no sabe quién lo envió. Mejor dicho, sí sabe: ¡Fue Dios! El Dios siempre fiel. Célio nunca dejó de ser diezmador. A veces, por serios apuros, le asaltan tentaciones tremendas para dejar la práctica del diezmo. Surgen dudas. Temores. ¡Cuántas veces él ha pensado que el desastre es inevitable! No obstante nunca ha retenido el diezmo del Señor. Hoy, Célio es un importane industrial en Sâo Paulo, dueño de una empresa telefónica que prospera a pasos agigantados. Entrega los diezmos exactos a Dios. Emplea a miles de personas. Paga impuestos enormes al gobierno. Por todas partes a donde va (Estados Unidos, Japón, Australia, Europa) este hombre cristiano testifica de la obra que Dios realizó en su vida. Es presidente de una asociación cristiana de hombres de negocios, cuyo objetivo es testificar de Cristo a empresarios no creyentes.
Con frecuencia tengo la oportunidad de hablar sobre el diezmo en las Iglesias. Gran cantidad de hermanos se levantan para testificar de lo que Dios hizo cuando comenzaron a diezmar con fidelidad. "Yo no era diezmador y mi vida era difícil" declara un hermano. "Entonces me hice el propósito, delante del Señor, de entregar fielmente mi diezmo a Dios. Y los milagros de la Divina Providencia comenzaron a suceder." "Antes de convertirme en un diezmador", dice otro hermano, "mi vida era un caos con respecto al dinero. Mi familia no tenía paz. Mi hija no era creyente, ni quería saber nada del Evangelio. Después de hacerme diezmador, nunca más faltó lo esencial. Vivimos modestamente, pero no falta nada. ¡Alabado sea Dios! y mi hija se convirtió y es una diezmadora fiel."
Pastor Oswaldo Ramos
"Teniendo siempre todo lo suficiente, abundéis"
Algunos creyentes rechazan la tesis de que viven sumidos en problemas económicos porque no son diezmadores. Alegan que muchos impíos prosperan; que muchos creyentes nominales, también impíos, prosperan; que muchos creyentes fieles, diezmadores, enfrentan dificultades de todo tipo. En realidad, muchos impíos prosperan, pero para su propia destrucción. Ese es el caso del rico de la narración del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31). Los bienes de los ricos testificarán contra ellos en el día del juicio.
"Decimos, pues, ahora: Benaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no sólo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon. Entonces los que temían a Yahweh hablaron cada uno a su compañero; y Yahweh escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delane de él para que los que temen a Yahweh, y para los que piensan en su nombre. Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Yahweh de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve. Entonces os volveréis, y descerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve" (Malaquías 3:15-18).
"Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo" (Lucas 6:24).
"Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios" (Efesios 5:5).
"¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza" (Santiago 5:1-5).
Sin duda hay creyentes que aun siendo fieles en todos los aspectos de la vida cristiana, incluso en su diezmo, sufren privaciones. Es que Dios, en su infinita misericordia y sabiduría, permite algunas tribulaciones con medida, dosificadas con todo cuidado, porcurando nuestro máximo crecimiento en santidad (Salmo 32:10; 1ª Pedro 4:12-19). Sin embargo, el verdadero creyente no se ve enredado en deudas, hundido en la miseria, desesperado sin las cosas esenciales.
Que el creyente confíe en la voluntad de Dios y no viva en pecado. El sabio Salomón advierte: "Ciertamente el justo será recompensado en la tierra; ¡Cuánto más el imío y el pecador!" (Proverbios 11:31). El creyente desobediente recibe castigo del Señor aquí en la tierra, para ser librado de la condenación eterna reservada a los que desprecian la Sangre de Cristo. Dios no olvida, ni finge no ver los pecados de sus hijos.
Pastor Oswaldo Ramos
"Decimos, pues, ahora: Benaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no sólo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon. Entonces los que temían a Yahweh hablaron cada uno a su compañero; y Yahweh escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delane de él para que los que temen a Yahweh, y para los que piensan en su nombre. Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Yahweh de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve. Entonces os volveréis, y descerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve" (Malaquías 3:15-18).
"Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo" (Lucas 6:24).
"Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios" (Efesios 5:5).
"¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza" (Santiago 5:1-5).
Sin duda hay creyentes que aun siendo fieles en todos los aspectos de la vida cristiana, incluso en su diezmo, sufren privaciones. Es que Dios, en su infinita misericordia y sabiduría, permite algunas tribulaciones con medida, dosificadas con todo cuidado, porcurando nuestro máximo crecimiento en santidad (Salmo 32:10; 1ª Pedro 4:12-19). Sin embargo, el verdadero creyente no se ve enredado en deudas, hundido en la miseria, desesperado sin las cosas esenciales.
Que el creyente confíe en la voluntad de Dios y no viva en pecado. El sabio Salomón advierte: "Ciertamente el justo será recompensado en la tierra; ¡Cuánto más el imío y el pecador!" (Proverbios 11:31). El creyente desobediente recibe castigo del Señor aquí en la tierra, para ser librado de la condenación eterna reservada a los que desprecian la Sangre de Cristo. Dios no olvida, ni finge no ver los pecados de sus hijos.
Pastor Oswaldo Ramos
Un agujero en el bolsillo
Hay creyentes que tienen un agujero en el bolsillo por donde se fuga el dinero y otro en el corazón por donde se escurre la vida espiritual y la alegría de vivir. Enfrentamos, día tras día la pesadilla de que los gastos son mayores que el salario. La situación es crónica: ayer fue una medicina en la farmacia, hoy es una reparación impostergable en la casa, mañana será el arreglo del auto o algún desastre. El dinero se evapora. El agujero en el bolsillo se agranda. Mes tras mes el creyente lucha por pagar las cuentas y alimenta falsas esperanzas: "quizás el próximo mes sobrará algo" pero nada sobra. Nuevos gastos se van alternando con nuevas pérdidas.
Algunos llegan a dar mal testimonio al acumular deudas y no pagarlas. Se esconden de los acreedores, pagan con cheques sin fondo. Se hace evidente que tales creyentes, además de no ser responsales en otros aspectos de la mayordomía cristiana, no están contribuyendo bíblicamente para el Señor. Se limitan a dar un poco de dinero al que llaman "ofrenda". Como creyentes en Cristo debieran de vivir por fe, sin angustias desmedidas; sólo con las que permite el Padre Celestial en Su propósito amoroso y santo.
¿Por qué hay tantos hermanos que siempre están enredados en dificultades económicas y en otros problemas terribles? Una respuesta está en Malaquías 3:8-10: "¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿en qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Yahweh de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde."
Encaremos esta triste realidad. El creyente que no entrega su diezmo con fidelidad es un creyente que roba a Dios. No nos debe sorprender, el encontrar los efectos de esa maldición sobre la vida de él o de ella. Una excusa generalizada del creyente relapso, que retiene el diezmo, es: "no doy el diezmo porque nunca me sobra". Aclaramos que nadie le da el diezmo al Señor. El diezmo es propiedad del Señor y nuestra obligación es devolverlo. No podemos dar lo que no nos pertenece. No damos dinero al gobierno, pagamos los impuestos. No damos dinero al panadero, pagamos el pan. No damos dinero a nuestros acreedores, pagamos lo que debemos. Usted sólo puede dar algo a Dios después de haberle restituido el diezmo. Todavía persiste la cuestión de si podemos o no en realidad dar algo a Dios. "Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos" (1ª Crónicas 29:14).
Cuando se retiene el diezmo, Dios no permite que sobre. Veamos lo que dice el profeta Hageo (1:4-11) respecto al creyente que busca primero sus intereses y después los de Dios: "¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, y esta casa está desierta? Pues así ha dicho Yahweh de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos. Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto. Así ha dicho Yahweh de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos, Subid al monte, y traed madera, reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dicho Yahweh. Buscáis mucho, y halláis poco; y encerráis en casa, y yo lo disiparé en un soplo. ¿Por qué? dice Yahweh de los ejércitos. Por cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa, Por eso se detuvo de los cielos sobre vosotros la lluvia, y la tierra detuvo sus frutos. Y sobre el trigo, sobre el vino, sobre el aceite, sobre todo lo que la tierra produce, sobre los hombres y sobre las bestias, y sobre todo trabajo de manos."
Todo creyente que tropieza en algún aspecto de la mayordomía de la vida: el dinero, el sexo, la alimentación, el trabajo, el ocio, su relación con otras personas, el uso de su cuerpo, de su tiempo y de sus talentos, además de no recibir las bendiciones de la fidelidad, experimenta el sabor amargo de la maldición debida a la desobediencia. Tal creyente piensa que logra engañar al Señor, o que no será llamado para ajustar cuentas, que Dios se hace de la vista gorda. Nadie consigue violar la ley de Dios y salir bien. No importa en qué aspecto sea. No piense que el creyente puede retener el diezmo del Señor y lucrar con ese dinero.
Pastor Oswaldo Ramos
Algunos llegan a dar mal testimonio al acumular deudas y no pagarlas. Se esconden de los acreedores, pagan con cheques sin fondo. Se hace evidente que tales creyentes, además de no ser responsales en otros aspectos de la mayordomía cristiana, no están contribuyendo bíblicamente para el Señor. Se limitan a dar un poco de dinero al que llaman "ofrenda". Como creyentes en Cristo debieran de vivir por fe, sin angustias desmedidas; sólo con las que permite el Padre Celestial en Su propósito amoroso y santo.
¿Por qué hay tantos hermanos que siempre están enredados en dificultades económicas y en otros problemas terribles? Una respuesta está en Malaquías 3:8-10: "¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿en qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Yahweh de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde."
Encaremos esta triste realidad. El creyente que no entrega su diezmo con fidelidad es un creyente que roba a Dios. No nos debe sorprender, el encontrar los efectos de esa maldición sobre la vida de él o de ella. Una excusa generalizada del creyente relapso, que retiene el diezmo, es: "no doy el diezmo porque nunca me sobra". Aclaramos que nadie le da el diezmo al Señor. El diezmo es propiedad del Señor y nuestra obligación es devolverlo. No podemos dar lo que no nos pertenece. No damos dinero al gobierno, pagamos los impuestos. No damos dinero al panadero, pagamos el pan. No damos dinero a nuestros acreedores, pagamos lo que debemos. Usted sólo puede dar algo a Dios después de haberle restituido el diezmo. Todavía persiste la cuestión de si podemos o no en realidad dar algo a Dios. "Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer voluntariamente cosas semejantes? Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos" (1ª Crónicas 29:14).
Cuando se retiene el diezmo, Dios no permite que sobre. Veamos lo que dice el profeta Hageo (1:4-11) respecto al creyente que busca primero sus intereses y después los de Dios: "¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, y esta casa está desierta? Pues así ha dicho Yahweh de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos. Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto. Así ha dicho Yahweh de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos, Subid al monte, y traed madera, reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dicho Yahweh. Buscáis mucho, y halláis poco; y encerráis en casa, y yo lo disiparé en un soplo. ¿Por qué? dice Yahweh de los ejércitos. Por cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa, Por eso se detuvo de los cielos sobre vosotros la lluvia, y la tierra detuvo sus frutos. Y sobre el trigo, sobre el vino, sobre el aceite, sobre todo lo que la tierra produce, sobre los hombres y sobre las bestias, y sobre todo trabajo de manos."
Todo creyente que tropieza en algún aspecto de la mayordomía de la vida: el dinero, el sexo, la alimentación, el trabajo, el ocio, su relación con otras personas, el uso de su cuerpo, de su tiempo y de sus talentos, además de no recibir las bendiciones de la fidelidad, experimenta el sabor amargo de la maldición debida a la desobediencia. Tal creyente piensa que logra engañar al Señor, o que no será llamado para ajustar cuentas, que Dios se hace de la vista gorda. Nadie consigue violar la ley de Dios y salir bien. No importa en qué aspecto sea. No piense que el creyente puede retener el diezmo del Señor y lucrar con ese dinero.
Pastor Oswaldo Ramos
"Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor.."
Oseas 11: 4ª
Las cuerdas "mi", "la" y "sol" del violín pueden afinarse con las de un piano. Si algunas de estas notas es tocada en el piano, hará que vibre la nota correspondiente en el violín. Lamentablemente muchas personas se ponen a tono con las notas discordantes que hay en el mundo que les rodea. Cada vez que suena una nota negativa, responden a ella, vibran con ella, la captan. Cuando se toca la nota de la enfermedad, se enferman; cuando suenan la nota del temor, se asustan. Tomemos conciencia de esto y afinemos nuestro oído con el del Dios de la creación, nuestro Padre celestial. Pongámonos a tono con las verdades de Su reino. En lugar de sintonizarnos con ideas y doctrinas de hombres, aprendamos a vibrar, a armonizar con las gloriosas promesas del Señor, y nuestra vida será una constante melodía.
Oseas 11: 4ª
Las cuerdas "mi", "la" y "sol" del violín pueden afinarse con las de un piano. Si algunas de estas notas es tocada en el piano, hará que vibre la nota correspondiente en el violín. Lamentablemente muchas personas se ponen a tono con las notas discordantes que hay en el mundo que les rodea. Cada vez que suena una nota negativa, responden a ella, vibran con ella, la captan. Cuando se toca la nota de la enfermedad, se enferman; cuando suenan la nota del temor, se asustan. Tomemos conciencia de esto y afinemos nuestro oído con el del Dios de la creación, nuestro Padre celestial. Pongámonos a tono con las verdades de Su reino. En lugar de sintonizarnos con ideas y doctrinas de hombres, aprendamos a vibrar, a armonizar con las gloriosas promesas del Señor, y nuestra vida será una constante melodía.
Impartiendo Sanidad
“Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.”
Hechos 3:6
¡Hay poder en el nombre de Jesús! Cuando usa el nombre de Jesús, está manifestando la obra de la cruz. Cuando nombra ese nombre, sepa que el poder de Dios está fluyendo. Porque ese nombre tiene poder. Frente a ese nombre se doblará toda rodilla, el cielo se abre y todo el infierno huye! Y el poder de ese nombre está en su interior desde que aceptó a Jesús como su Señor y Salvador. De su interior corren ríos de agua viva porque Él está en usted. Como hijo de Dios fluya para bendición liberando sanidad en el nombre de Jesús. Las señales y milagros lo acompañarán si cree y hace las obras de Dios. Hasta usted recibirá sanidad cuando este orando por otros!
La unción está en su vida y se libera por sus palabras: “en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.”
El centurión le dijo a Jesús: “solamente di la palabra, y mi criado sanará.” Libere la unción por las palabras. Libere Palabras de sanidad, de salud divina, de bendición, de prosperidad y hágalo en el nombre de Jesús. Guarde su boca de maldecir, nunca más diga: “esto me enferma”, “me vuelven loco”, “van a terminar mal”, No! Bendiga, bendiga y no se canse de bendecir. Diga: “mis hijos son hombres y mujeres de Dios” “por los próximos 100 años voy a estar saludable, bendecido”.
Profundice en la Palabra y afirme su creencia en lo que ella dice y no en lo que dice el médico o los periódicos. Los años que vienen son gloriosos para la iglesia. No espere a ver para creer, crea y declare la palabra para ver. No ponga excusas ni pretextos, créale a Dios y verá la palabra cumplida.
Hoy suelte la palabra porque Dios fluirá a través de ella, Dios mira por el cumplimiento de esa palabra.
Oración: Padre, en el nombre de Jesús declaro bendición, paz, salud y armonía sobre mi familia. Declaro que toda obra de mis manos es prosperada. Declaro bendición sobre mi vecindario, sobre mi ciudad, sobre mi país. Y ahora envió la palabra de sanidad sobre ese ser querido enfermo, lo declaro sano en esta hora en el nombre de Jesús. Gracias porque sé que está hecho para la gloria de tu nombre. Amén.
Apóstol Juan O. Crudo.
“Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.”
Hechos 3:6
¡Hay poder en el nombre de Jesús! Cuando usa el nombre de Jesús, está manifestando la obra de la cruz. Cuando nombra ese nombre, sepa que el poder de Dios está fluyendo. Porque ese nombre tiene poder. Frente a ese nombre se doblará toda rodilla, el cielo se abre y todo el infierno huye! Y el poder de ese nombre está en su interior desde que aceptó a Jesús como su Señor y Salvador. De su interior corren ríos de agua viva porque Él está en usted. Como hijo de Dios fluya para bendición liberando sanidad en el nombre de Jesús. Las señales y milagros lo acompañarán si cree y hace las obras de Dios. Hasta usted recibirá sanidad cuando este orando por otros!
La unción está en su vida y se libera por sus palabras: “en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.”
El centurión le dijo a Jesús: “solamente di la palabra, y mi criado sanará.” Libere la unción por las palabras. Libere Palabras de sanidad, de salud divina, de bendición, de prosperidad y hágalo en el nombre de Jesús. Guarde su boca de maldecir, nunca más diga: “esto me enferma”, “me vuelven loco”, “van a terminar mal”, No! Bendiga, bendiga y no se canse de bendecir. Diga: “mis hijos son hombres y mujeres de Dios” “por los próximos 100 años voy a estar saludable, bendecido”.
Profundice en la Palabra y afirme su creencia en lo que ella dice y no en lo que dice el médico o los periódicos. Los años que vienen son gloriosos para la iglesia. No espere a ver para creer, crea y declare la palabra para ver. No ponga excusas ni pretextos, créale a Dios y verá la palabra cumplida.
Hoy suelte la palabra porque Dios fluirá a través de ella, Dios mira por el cumplimiento de esa palabra.
Oración: Padre, en el nombre de Jesús declaro bendición, paz, salud y armonía sobre mi familia. Declaro que toda obra de mis manos es prosperada. Declaro bendición sobre mi vecindario, sobre mi ciudad, sobre mi país. Y ahora envió la palabra de sanidad sobre ese ser querido enfermo, lo declaro sano en esta hora en el nombre de Jesús. Gracias porque sé que está hecho para la gloria de tu nombre. Amén.
Apóstol Juan O. Crudo.
CUANDO NO SE MIDEN LAS CONSECUENCIAS
por el Hermano Pablo
Fue una hazaña singular. En un lapso de tres meses Alejo Alberti, de dieciocho años de edad, construyó una casa. La hizo con sus propias manos y enteramente de trozos de árboles. Primero taló los árboles. Después cortó los trozos, todos del mismo tamaño. Y luego fue colocando trozo sobre trozo, ensamblados unos con otros hasta formar su casa de dos cuartos, cocina y baño. Todo esto ocurrió en las montañas de Catskill del estado de Nueva York en los Estados Unidos.
Pero Alejo no contó con el invierno. Y éste fue tan duro que no pudo aguantar el frío. Tuvo entonces que ir desarmando trozo tras trozo, hasta desmantelar una parte de la casa para, con el fuego de los trozos, poder calentar la otra parte. Cuando le quedaba sólo media casa, regresó a la ciudad.
¿Qué fue lo que le pasó a Alejo Alberti? No midió las consecuencias. Y cuando llegaron los malos tiempos, Alejo no estaba preparado. Es increíble cómo algunos pasan por esta vida sin prever las consecuencias y, cuando el mundo se les viene encima, se extrañan de que todo les vaya mal.
Hay quienes edifican una posición importante en la vida, luchando con paciencia y pericia durante muchos años. Logran seguir una carrera, fundar una empresa, ganar mucho dinero, comprarse varias casas. Se casan, crían hijos, los educan y, tras unos cuarenta años de lucha, obtienen el prestigio social que sus años de trabajo les han deparado.
¿Y qué ocurre entonces? Comienzan, por una loca aventura de amor, a derribar todo lo que pacientemente construyeron. Una mujer joven los cautiva con sus encantos, y cuarenta años de vida provechosa y fructífera quedan, en un momento, hechos cenizas en el fuego de una pasión otoñal.
Cada nada oímos de historias como éstas, que ocurren en los que se han ganado algún prestigio en esta vida. La pantalla grande y la chica han recogido más de una vez la historia de un hombre que, por ceder al fuego otoñal, que puede ser más destructivo que el juvenil, se hunde en el fracaso y en la degradación social.
Más vale que midamos las consecuencias. No nos lancemos al vacío sólo por una ilusión. La vida nos ha costado demasiado para hacerla cenizas en un instante. Pidámosle a Dios que nos ayude en esos momentos cuando una buena situación económica y social nos hace creer que podemos darnos cualquier gusto. Hagamos de Cristo el Señor de nuestra vida, antes que se destruya todo lo que hemos edificado.
por el Hermano Pablo
Fue una hazaña singular. En un lapso de tres meses Alejo Alberti, de dieciocho años de edad, construyó una casa. La hizo con sus propias manos y enteramente de trozos de árboles. Primero taló los árboles. Después cortó los trozos, todos del mismo tamaño. Y luego fue colocando trozo sobre trozo, ensamblados unos con otros hasta formar su casa de dos cuartos, cocina y baño. Todo esto ocurrió en las montañas de Catskill del estado de Nueva York en los Estados Unidos.
Pero Alejo no contó con el invierno. Y éste fue tan duro que no pudo aguantar el frío. Tuvo entonces que ir desarmando trozo tras trozo, hasta desmantelar una parte de la casa para, con el fuego de los trozos, poder calentar la otra parte. Cuando le quedaba sólo media casa, regresó a la ciudad.
¿Qué fue lo que le pasó a Alejo Alberti? No midió las consecuencias. Y cuando llegaron los malos tiempos, Alejo no estaba preparado. Es increíble cómo algunos pasan por esta vida sin prever las consecuencias y, cuando el mundo se les viene encima, se extrañan de que todo les vaya mal.
Hay quienes edifican una posición importante en la vida, luchando con paciencia y pericia durante muchos años. Logran seguir una carrera, fundar una empresa, ganar mucho dinero, comprarse varias casas. Se casan, crían hijos, los educan y, tras unos cuarenta años de lucha, obtienen el prestigio social que sus años de trabajo les han deparado.
¿Y qué ocurre entonces? Comienzan, por una loca aventura de amor, a derribar todo lo que pacientemente construyeron. Una mujer joven los cautiva con sus encantos, y cuarenta años de vida provechosa y fructífera quedan, en un momento, hechos cenizas en el fuego de una pasión otoñal.
Cada nada oímos de historias como éstas, que ocurren en los que se han ganado algún prestigio en esta vida. La pantalla grande y la chica han recogido más de una vez la historia de un hombre que, por ceder al fuego otoñal, que puede ser más destructivo que el juvenil, se hunde en el fracaso y en la degradación social.
Más vale que midamos las consecuencias. No nos lancemos al vacío sólo por una ilusión. La vida nos ha costado demasiado para hacerla cenizas en un instante. Pidámosle a Dios que nos ayude en esos momentos cuando una buena situación económica y social nos hace creer que podemos darnos cualquier gusto. Hagamos de Cristo el Señor de nuestra vida, antes que se destruya todo lo que hemos edificado.
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